La comunicación gubernamental actual en Perú, marcada por gestos efectistas y presencia digital excesiva, corre el riesgo de generar rechazo ciudadano al parecer desconectar del contexto de crisis y necesidades reales.
El análisis parte de una reflexión editorial que compara la evolución de la comunicación política desde los debates Kennedy-Nixon hasta la era digital, advirtiendo que estrategias efectistas —como usar uniformes militares siendo civiles, aparecer en eventos lujosos o repetir gestos de campaña tras asumir el poder— suelen ser percibidas como frívolas y engañosas por la ciudadanía en un país con altos niveles de pobreza y desigualdad.
Dato clave: En Perú, más del 25% de la población vive en pobreza monetaria y el acceso a alimentos básicos sigue siendo una limitación para millones de hogares, según datos del INEI y el BCR.
La transformación de los medios de comunicación ha redefinido cómo los gobernantes construyen su imagen: mientras en la década de 1960 la televisión ya exigía cuidado visual y carisma, hoy las redes sociales intensifican esa presión con mayor inmediatez y escrutinio. Sin embargo, la repetición de acciones simbólicas —como selfies en mercados, disfraces temáticos o publicaciones en TikTok— sin respaldo en resultados tangibles, genera desconfianza. Lo que funcionó en campaña pierde credibilidad al ejercer el poder, especialmente cuando el entorno social exige soluciones concretas a problemas estructurales como la inflación, la inseguridad o la falta de servicios básicos.
Contexto
Análisis: Implicaciones, reacciones y situación del sector
La percepción ciudadana ha evolucionado: ya no basta con sonrisas ni lemas oportunos. Los ciudadanos exigen resultados medibles y coherencia entre discurso y acción. En el actual escenario político peruano, donde la confianza institucional se encuentra en niveles mínimos —según encuestas de GfK Perú, solo el 12% de la población confía en el Congreso y el 18% en el Ejecutivo—, cualquier gesto que parezca teatral o desconectado de la realidad se traduce en retrocesos en la legitimidad gubernamental. Expertos en comunicación política advierten que esta tendencia, si no se corrige, puede profundizar la fragmentación social y el desencanto democrático.
¿Qué sigue?
Se requiere una redefinición de la comunicación pública, priorizando transparencia, resultados y empatía. El gobierno debe equilibrar la presencia mediática con acciones concretas que mejoren indicadores sociales. Si no hay una reflexión profunda sobre la autenticidad y pertinencia de los mensajes, el desgaste institucional se acelerará, afectando no solo al actual equipo de comunicación, sino a la gobernabilidad en su conjunto.
📰 Publicado originalmente en El Comercio. Este contenido ha sido reescrito con fines informativos.
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