Los incendios forestales en la sierra y selva peruana alcanzan niveles alarmantes, con 374 focos este año y 12 mil hectáreas afectadas, vinculados directamente al fuerte fenómeno El Niño y a la falta de una estrategia preventiva integral.
Según el Servicio Nacional de Forestología y Fauna Silvestre (Serfor), se registraron hasta siete incendios simultáneos, mientras Defensa Civil reporta 374 eventos en lo que va del año, con ocho fallecidos, más de 170 damnificados y cerca de 12 mil hectáreas de vegetación destruidas. Cusco, Apurímac y Junín son los departamentos más afectados, y esta semana el Indeci confirmó siete nuevos focos en cinco regiones. La emergencia se agrava con proyecciones de la Organización Meteorológica Mundial que anticipan una anomalía térmica en el Pacífico central (Niño 3,4) de hasta +3,7 °C entre octubre y diciembre, superando el récord de 2015-2016.
Dato clave: Entre 2017 y 2024 se registraron casi 80 mil hectáreas quemadas solo en Amazonas, con el peor registro histórico en 2024.
El vínculo entre El Niño y los incendios no es casual: la sequía extrema, la baja humedad relativa, las altas temperaturas y las ráfagas de viento generan condiciones ideales para que pequeñas quemas —muchas veces asociadas a prácticas agrícolas tradicionales— se descontrolen. La respuesta estatal, sin embargo, sigue siendo reactiva y fragmentada. En Espinar, por ejemplo, los bomberos fueron superados por la magnitud del fuego, y la coordinación interinstitucional fue insuficiente desde los primeros reportes a finales de setiembre. Aunque el daño ya es visible, los antecedentes son claros: entre 2017 y 2024, Amazonas perdió casi 80 mil hectáreas, lo que evidencia una tendencia recurrente y mal gestionada.
Contexto
La gestión actual prioriza la extinción del fuego sobre la prevención, lo que implica costos humanos, ambientales y económicos elevados. No existe una autoridad única con facultades para articular a Serfor, Indeci, Senamhi y los gobiernos regionales y locales antes de que se desate la emergencia. Las brigadas comunitarias, esenciales en zonas remotas, carecen de capacitación y equipamiento adecuado; los sistemas de alerta temprana no se traducen en acciones concretas a tiempo; y recursos aéreos como helibaldes y aviones cisterna no están disponibles en los momentos críticos. Esta ausencia de preparación estructural convierte cada incendio en una crisis incontrolable.
¿Qué sigue?
Con El Niño en su fase más intensa y el cambio climático intensificando los patrones extremos, será fundamental implementar un sistema nacional de prevención con mando único, inversión sostenida en infraestructura aérea y terrestre, y participación activa de las comunidades. Prevenir no es criminalizar el uso tradicional del fuego, sino dotarlo de marcos técnicos y de control. El Estado debe actuar con anticipación: cuando solo se apaga el fuego, siempre llega tarde.
📰 Publicado originalmente en El Comercio. Este contenido ha sido reescrito con fines informativos.
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