La historiadora Chelsea Follet desmonta en su nuevo libro la romanticización de la vida preindustrial, demostrando que el pasado fue marcado por altas tasas de mortalidad, mala higiene y prácticas médicas extremadamente dolorosas y peligrosas.
En *Los viejos y sombríos tiempos*, Follet analiza 27 aspectos de la vida cotidiana antes de la revolución industrial y revela que, lejos de ser una época armoniosa, el mundo preindustrial enfrentaba desafíos sanitarios y sociales devastadores: hasta el 95 % de la población en 1775 estaba expuesta a la viruela, y la expectativa de vida era muy baja, especialmente para las mujeres en el parto. La odontología, por ejemplo, carecía de anestesia y provocaba fracturas mandibulares, hemorragias y muertes por infecciones.
Dato clave: En el siglo XVIII, las calles de Londres acumulaban aguas negras, estiércol de caballo y despojos de carnicería, mientras el agua potable era escasa y los ríos servían simultáneamente como alcantarillado y fuente de abastecimiento.
La obra de Follet se inscribe en un debate creciente sobre la nostalgia distorsionada hacia épocas pasadas, que se ha intensificado en ambos extremos del espectro político. Mientras algunos idealizan una supuesta simplicidad y armonía con la naturaleza, la realidad histórica muestra una existencia frágil, marcada por la violencia cotidiana, la falta de higiene —algunas personas se bañaban apenas una vez al año— y una medicina empírica y cruel, que incluía escaldar genitales con hierros al rojo vivo para tratar enfermedades de transmisión sexual. Este contexto resalta el impacto transformador del progreso científico y tecnológico iniciado hace 250 años.
Contexto
Análisis: La romanticización del pasado ignora deliberadamente las condiciones de vida que el progreso ha mitigado. Follet subraya que la industrialización, pese a sus desafíos, permitió avances en salud pública, alimentación, seguridad y derechos humanos. La sociedad actual —con sistemas de saneamiento, vacunas, anestesia y leyes contra la crueldad animal— es producto de siglos de esfuerzo acumulado, no de una supuesta decadencia moral. La reivindicación de esos tiempos, en cambio, suele servir como instrumento retórico para cuestionar reformas sociales o científicas contemporáneas, sin tomar en cuenta el costo humano de regresar a prácticas obsoletas.
¿Qué sigue?
La publicación de Follet invita a repensar la narrativa del progreso como algo no lineal ni garantizado, sino frágil y merecedor de defensa activa. En un contexto de desconfianza hacia la ciencia y el futuro, su obra sirve como advertencia: ignorar la historia tal como fue —no como se recuerda— pone en riesgo los logros que hoy damos por sentados. La educación histórica rigurosa, más que la nostalgia, es clave para construir una sociedad informada.
📰 Publicado originalmente en El Comercio. Este contenido ha sido reescrito con fines informativos.
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