La victoria de Bukele en El Salvador se explica por una reconfiguración profunda del Estado, algo que Keiko Fujimori debería considerar si aspira a ganar en Perú sin depender del legado del castillismo.
El presidente salvadoreño, Nayib Bukele, logró consolidar su poder tras derribar las estructuras estatales heredadas de los gobiernos de Arena, los democristianos y el FMLN —todos ellos marcados por una profunda corrupción y falta de legitimidad—. Para ello, removió a policías, jueces y fiscales, y reestructuró el sistema judicial, político y electoral. Aunque sus métodos generaron controversia, logró reducir significativamente la violencia asociada a las maras, con tasas de homicidios que pasaron de 103 por cada 100 mil habitantes en 2015 a menos de 10 en 2023.
Dato clave: La tasa de homicidios en El Salvador cayó de más de 100 por cada 100 mil habitantes en 2015 a menos de 10 en 2023 tras la implementación de la estrategia de seguridad de Bukele.
La reforma estatal de Bukele no implicó una dictadura, como suelen señalar sus críticos, sino una reconstrucción institucional que preservó ciertos contrapesos liberales y permitió una prensa crítica. A diferencia del régimen sandinista en Nicaragua —que expulsó a religiosos y escritores—, El Salvador mantiene un marco democrático con oposición activa y medios independientes que lo cuestionan diariamente. Sin embargo, su éxito electoral se debe a que logró romper con el “antiguo régimen” que, según el análisis, estaba carcomido por la corrupción y la ineficacia.
Contexto
Para Keiko Fujimori, cuyo proyecto político sigue atado a las estructuras del fujimorismo y el castillismo, el caso salvadoreño plantea un desafío clave: ¿puede ganar una elección presidencial sin una transformación profunda del Estado? Su actual alianza con Renovación Popular, que controla el Senado, limita su capacidad para impulsar reformas estructurales. Además, su base electoral está fragmentada y su imagen sigue marcada por las denuncias de corrupción vinculadas al caso Odebrecht. La reunión entre ambos líderes —reportada recientemente— podría marcar un punto de inflexión, donde Bukele le sugiera que el cambio real no es posible sin romper con el pasado.
¿Qué sigue?
Keiko debe decidir si mantiene su estrategia actual, basada en la oposición al izquierdismo sin proponer una alternativa estatal clara, o emprende una reforma profunda de su proyecto político. Si no lo hace, su intento de gobierno podría repetir los errores del pasado: dependencia de alianzas inestables y falta de gobernabilidad. La experiencia salvadoreña muestra que, con voluntad política y apoyo ciudadano, es posible transformar un Estado en crisis —aunque con costos democráticos que deben evaluarse con rigor.
📰 Publicado originalmente en El Comercio. Este contenido ha sido reescrito con fines informativos.
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